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«La gloria de Dios es el hombre viviente, la vida del hombre es la visión de Dios»
(«Gloria Dei vivens homo: vita autem hominis visio Dei»)
San Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 20,7

lunes, 23 de mayo de 2011

Homilía VI Domingo de Pascua


Ciclo A
(Hechos 8,5-8.14-17 / Sal 65 / 1 Pedro 3,15-18 / Juan 14, 15-21)

«Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo». Juan 14, 19

En el Evangelio Jesús habla del Espíritu Santo a los discípulos con el término «Paráclito», que significa consolador, o defensor, o las dos cosas a la vez. En el Antiguo Testamento, Dios es el gran consolador de su pueblo. Este «Dios de la consolación» (Rm 15,4) se ha «encarnado» en Jesucristo, quien se define de hecho como el primer consolador o Paráclito (Jn 14,15). El Espíritu Santo, siendo aquel que continúa la obra de Cristo y que lleva a cumplimento las obras comunes de la Trinidad, no podía dejar de definirse, también Él, Consolador, «el Consolador que estará con vosotros para siempre», como le define Jesús. La Iglesia entera, después de la Pascua, tuvo una experiencia viva y fuerte del Espíritu como consolador, defensor, aliado, en las dificultades externas e internas, en las persecuciones, en los procesos, en la vida de cada día. En Hechos de los Apóstoles leemos: «La Iglesia se edificaba y progresaba en el temor del Señor y estaba llena de la consolación (¡paráclesis!) del Espíritu Santo» (9,31).

Debemos ahora sacar de ello una consecuencia práctica para la vida. ¡Tenemos que convertirnos nosotros mismos en paráclitos! Si bien es cierto el cristiano debe ser «otro Cristo», es igualmente cierto que debe ser «otro Paráclito». El Espíritu Santo no sólo nos consuela, sino que nos hace capaces de consolar a los demás. La consolación verdadera viene de Dios, que es el «Padre de toda consolación». Viene sobre quien está en la aflicción; pero no se detiene en él; su objetivo último se alcanza cuando quien ha experimentado la consolación se sirve de ella para consolar a su vez al prójimo, con la misma consolación con la que él ha sido consolado por Dios. No se conforma con repetir estériles palabras de circunstancia que dejan las cosas igual («¡Ánimo, no te desalientes; verás que todo sale bien!»), sino transmitiendo el auténtico «consuelo que dan las Escrituras», capaz de «mantener viva nuestra esperanza» (Rm 15,4). Así se explican los milagros que una sencilla palabra o un gesto, en clima de oración, son capaces de obrar a la cabecera de un enfermo. ¡Es Dios quien está consolando a esa persona a través de ti!

En cierto sentido, el Espíritu Santo nos necesita para ser Paráclito. Él quiere consolar, defender, exhortar; pero no tiene boca, manos, ojos para «dar cuerpo» a su consuelo. O mejor, tiene nuestras manos, nuestros ojos, nuestra boca. La frase del Apóstol a los cristianos de Tesalónica: «Confortaos mutuamente» (1Ts 5,11), literalmente se debería traducir: «sed paráclitos los unos de los otros». Si la consolación que recibimos del Espíritu no pasa de nosotros a los demás, si queremos retenerla egoístamente para nosotros, pronto se corrompe. De ahí el porqué de una bella oración atribuida a San Francisco de Asís, que dice: «Que no busque tanto ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender, ser amado como amar...».

A la luz de lo que he dicho, no es difícil descubrir que existen hoy, a nuestro alrededor, paráclitos. Son aquellos que se inclinan sobre los enfermos terminales, sobre los enfermos de Sida, quienes se preocupan de aliviar la soledad de los ancianos, los voluntarios que dedican su tiempo a las visitas en los hospitales. Los que se dedican a los niños víctimas de abuso de todo tipo, dentro y fuera de casa. Terminamos con los primeros versos de la Secuencia de Pentecostés, en la que el Espíritu Santo es invocado como el «consolador perfecto»: «Ven, Consolador perfecto, dulce huésped del alma, dulcísimo alivio. Descanso en la fatiga, brisa en el estío, consuelo en el llanto». Amén.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Homilía V Domingo de Pascua


Ciclo A
Hch 6, 1-7 / sal 32 / 1-Pe 2, 4-9 / Jn 14, 1-12

«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí»

El Evangelio de hoy y de los próximos domingos nos coloca ante el discurso pronunciado por Jesús después de la última cena, antes de padecer. En los próximos dos domingos, meditaremos los textos sucesivos de este discurso, pero a la luz de la Pascua. Hoy nos detenemos en el discurso de despedida (Jn 14, 1-12), al final del cual los apóstoles y Cristo "se levantan", terminada la reunión. El próximo domingo se continúan los temas principales que hoy desarrollamos; y luego (Jn 17), meditaremos la oración "sacerdotal" de Cristo a su Padre.

El ambiente de esta primera parte del discurso es de inquietud y tristeza por parte de los apóstoles, ante el aparente abandono de Cristo. Jesús les anuncia que todos se reunirán en torno al Padre y les garantiza su presencia entre ellos por el amor y el conocimiento que de El tendrán. Este pasaje evoca dos temas bíblicos importantes: el de la casa y el de la ruta.

La casa de Dios designa el Templo de Jerusalén. Pero Jesús ha dejado bien patente, que la verdadera morada del Padre no podía confundirse con esta casa de comercio y de contratación. Dio a entender, asimismo, que Él mismo era esta casa de Dios (Jn 2,20-22) y, en Él, serán acogidos todos los hombres con mayor hospitalidad que en el templo de Sión. En esta primera parte de su discurso, hace ver que la casa del Padre es la gloria en la que Él entrará pronto y adonde no pueden seguirle los que aún no hayan vencido la muerte y el pecado. La casa llega a ser, según esto, no tanto un lugar como una manera de existir sumergido en la vida divina y en la comunión con el Padre.

La imagen de la casa evoca sin esfuerzo alguno la de los caminos que a ella conducen: éxodo que lleva a la Tierra Prometida, peregrinaje que nos pone en el Templo, camino de regreso del destierro. Este tema del camino introduce la idea de la mediación de Cristo. Lo mismo que la estancia del Padre excluye un lugar físico, material, siendo más bien experiencia interna de comunión con Él; de igual modo el camino que lleva a esa unión cae fuera de toda localización física, pues es una vivencia íntima en que se confunden autor y receptor de la misma, comunicada por Dios a los hombres mediante la enseñanza de su "verdad" y la comunicación de su "vida".

Jesús se nos presenta hoy, a los apóstoles y a nosotros, como aquel que da sentido pleno a la existencia, como el que es capaz de satisfacer nuestro deseo de felicidad, de gozo, de vida plena. Siguiéndole a él, aceptándolo a él como camino, yendo con él, todos los valores humanos, todas las esperanzas e ilusiones humanas se hacen más plenas, más ricas; todos los esfuerzos que hacemos los hombres al servicio de una vida mejor pueden llegar más a fondo, pueden alcanzar una amplitud insospechada.

Jesús es la Verdad porque es la revelación exacta del Padre. Es Vida porque, a partir de Él, puede el hombre participar de la comunión con Dios vivo y es, sobre todo, Camino, por el hecho de haber vivido en Sí mismo la transfiguración, bajo el influjo de la gloria de Dios, de la humanidad fiel, y por haber comunicado esta experiencia a sus hermanos. Es morada de Dios, porque en Él y con Él la humanidad encuentra al Padre y participa de su vida. Si Cristo es Camino, Verdad y Vida hemos de aspirar a poseerle sólo a Él. «¡Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo! » - dijo san Josemaría Escrivá de Balaguer- Sólo Él llena todas nuestras aspiraciones. Amén.