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«La gloria de Dios es el hombre viviente, la vida del hombre es la visión de Dios»
(«Gloria Dei vivens homo: vita autem hominis visio Dei»)
San Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 20,7

martes, 11 de octubre de 2011

Homilía XXIX Domingo del Tiempo Ordinario



Ciclo A
Is 45, 1.4-6 / Sal 95 / 1-Te 1, 1-5 / Mt 22, 15-21

«Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Este domingo el Evangelio termina con una frase lapidaria de Jesús: «Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Los herodianos –seguidores de la política de Herodes– preferían la presencia de un mediador local que fuera quien pagara parte de los impuestos a Roma y que, en cuestiones religiosas, compartían las ideas materialistas de los saduceos (no creían en los ángeles ni en la resurrección). Los fariseos, por su parte, eran meticulosos cumplidores de la Ley y consideraban el dominio romano como una usurpación. En su visión teocrática del reino mesiánico, entendían que aquella injerencia de una autoridad extranjera sobre los hebreos limitaba el dominio de Dios sobre el pueblo elegido. Las diferencias entre los fariseos y los herodianos eran radicales; sin embargo, hoy vemos cómo se confabulan en contubernio contra Jesús. La pregunta era difícil, y la respuesta será comprometida.
«¿Es lícito dar tributo al César o no?» -Jesús contesta con una profundidad que es, al mismo tiempo, del todo fiel a la predicación que ha venido haciendo del Reino de Dios: «Dar al César lo que le corresponde, sin dejar de dar también a Dios lo que le pertenece». Estas palabras han sido fuente para la doctrina de la Iglesia sobre la potestad de los gobiernos, que gestionan el bien común temporal y la potestad de la Iglesia en la gestión del bien espiritual. Como ambos gobiernos son independientes en el ámbito de sus competencias, si los fieles, en el ejercicio de su libertad, eligen una determinada solución para los asuntos de carácter temporal «recuerden que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva la autoridad de la Iglesia a favor de su opinión» (Gaudium et spes, n. 43).
Con su respuesta, Jesús reconoció el poder civil y sus derechos, el cumplimiento fiel de los deberes cívicos, sin menoscabar los derechos superiores de Dios. Jesús no dijo: «o César o Dios»; sino: el uno y el otro, cada uno en su plano. Los judíos estaban acostumbrados a concebir el futuro reino de Dios instaurado por el Mesías como una teocracia, o sea, como un gobierno directo de Dios en la tierra a través de su pueblo. En cambio, Cristo revela un reino de Dios que está en este mundo, pero no es de este mundo; que camina en una longitud de onda distinta y que puede por ello coexistir con cualquier régimen, sea éste de tipo sacro o «laico».
Es lo que ya planteaba Isaías en el Antiguo Testamento y que vemos hoy en la primera lectura. La profecía de Isaías (45, 1-6) es un mensaje de ánimo a los exiliados en Babilonia con el anuncio de un libertador, Ciro el Persa, que ejecutará la voluntad salvífica de Dios con Israel sirviéndole como instrumento. Un rey extranjero cooperará con el plan divino de salvación, rompiendo así con el nacionalismo exclusivista del pueblo hebreo.
Nos encontramos así ante dos tipos diferentes de soberanía de Dios en el mundo: la soberanía espiritual que constituye el reino de Dios y que Él ejercita directamente en Cristo, y la soberanía temporal o política que Dios ejercita de forma indirecta, confiándola a la libre elección de las personas y al juego de las causas segundas.
Son dos poderes que aunque no están situados en el mismo plano, no por eso son ajenos el uno del otro, porque también César depende de Dios y debe dar cuentas a Él. «Lo del César devolvédselo al César» significa por lo tanto: «Dad al César lo que Dios mismo quiere que sea dado al César». Es Dios el soberano último de todos. Los cristianos no servimos a «dos señores».
El cristiano está libre para obedecer al Estado, pero también para resistirle cuando el Estado se pone contra Dios y su ley. Antes que a los hombres, hay que obedecer a Dios y a la propia conciencia. No se puede dar al César el alma que es de Dios.
La colaboración de los cristianos en la construcción de una sociedad justa y pacífica no se agota con pagar los impuestos; debe extenderse también a la promoción de los valores comunes, como la familia, la defensa de la vida, la solidaridad con los más pobres, la paz. Otro ámbito en el que los cristianos deberían ofrecer una contribución más incisiva es la política: no tanto los contenidos cuanto los métodos, el estilo. Hay que combatir el clima de perpetuo litigio, volver a llevar a las relaciones entre los partidos más respeto y dignidad.
Trabajemos hoy con un tono más humano, que es a la vez sobrenatural, cuando entremos en el ámbito de las cosas terrenas, demostrando que todo viene de Dios y a Dios debe tender, porque todo tiene a Dios como fin. Amén.

martes, 4 de octubre de 2011

Homilía XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario




Ciclo A
Is 25, 6-10 / Sal 22 / Flp 4, 12-14.19-20 / Mt 22, 1-14

«Amigo, ¿Cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?» Mt. 22, 12

«El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo…» (Mt 22, 2). El Señor se sirve hoy de la figura de un banquete nupcial para abrir nuestro entendimiento sobre las realidades del Reino de los cielos y la vida eterna.
Es muy sugerente la imagen del banquete, implica una categoría espiritual y humana más elevada que el mero acto de comer como instinto de supervivencia. No digamos ya, cuando se trata de un banquete de bodas. Las nupcias profundizan el sentido del banquete ya que celebran el acto humano de la mutua entrega en el amor. Y Jesús dice que el Reino de Dios se parece a un banquete de bodas. Y la proclamación de ese Reino -el anuncio del Evangelio- se parece a la invitación al banquete nupcial.
La imagen del banquete se encuentra también en la primera lectura. Allí parece que Dios invita a celebrar una boda: la Alianza de amor entre Dios y su pueblo. Después del destierro babilónico, la voz del Profeta Isaías parece inyectar esperanza en medio del desaliento. «En este monte, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos un convite de manjares frescos, (...) de buenos vinos: manjares suculentos, vinos generosos» (Is 25, 6). Dios pondrá fin a la tristeza, por esto el profeta invita al júbilo: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación» (v.9).
Si la primera lectura exalta la fidelidad de Dios a su promesa, el Evangelio, con la parábola del banquete nupcial, nos hace reflexionar sobre la respuesta humana. Algunos invitados de la primera hora rechazaron la invitación del rey; otros incluso la despreciaron. Sin embargo, el rey no se desanima y envía a sus siervos a buscar a otros comensales para llenar la sala de su banquete. De esta forma, el rechazo de los primeros tiene como efecto que la invitación se extienda a todos, con una predilección especial por los pobres y los desheredados.
Es lo que ocurrió en el Misterio pascual: la supremacía del mal ha sido derrotada por la omnipotencia del amor de Dios. Pero a la generosidad de Dios tiene que responder la libre adhesión del hombre. No obstante, es Dios el que ofrece al hombre un alimento que supera sus posibilidades. La institución de la Eucaristía, que es el modo de celebrar en donde Cristo entrega también un alimento divino, su Cuerpo y su Sangre, como arras de la vida futura debe ser para nosotros la celebración de las realidades que promete Dios y que cumple.
El banquete de la Eucaristía, en el que debemos participar con el traje nupcial de su gracia (de su amor correspondido), es una anticipación de la fiesta final del cielo. Si este vestido alguna vez se mancha o se desgarra con el pecado, la bondad de Dios no nos rechaza ni nos abandona a nuestro destino, sino que con el sacramento de la Reconciliación nos ofrece la posibilidad de recuperar en su integridad el traje nupcial necesario para la fiesta. El ministerio de la Reconciliación es, por tanto, un ministerio siempre actual.
No obstante, no todos son dignos de entrar al banquete de bodas, porque no todos se han convertido, no han «comprado el traje de bodas». Con todo, podemos decir con san Pablo: «mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús». Es él quien nos ha vestido con traje de gala, dándonos la capacidad de responder, y entrar purificados al banquete de la vida eterna, por su virtud y su gracia. Amén.