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«La gloria de Dios es el hombre viviente, la vida del hombre es la visión de Dios»
(«Gloria Dei vivens homo: vita autem hominis visio Dei»)
San Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 20,7

martes, 3 de enero de 2012

Fiesta del Bautismo del Señor



Is 42, 1-4.6-7 / Sal 28 / Hch 10, 34-38 / Mc 1, 7-11

«Cristo es iluminado: dejémonos iluminar junto con él; 
Cristo se hace bautizar: descendamos al mismo tiempo que él, 
para ascender con él»
San Gregorio Nacianceno, Sermón 39

La celebración de la Fiesta del Bautismo del Señor concluye el tiempo de Navidad; es decir, todo el ciclo natalicio y de las manifestaciones progresivas de Jesús: desde su nacimiento en Belén, donde se manifestó con el rostro de un niño, «primogénito de toda criatura», «imagen visible de Dios invisible» (Col 1, 15). En la fiesta de la Epifanía, en la cual se revela como el don esperado y buscado por todas las gentes de la tierra y como luz hacia el cual converge el camino interior de la historia. Y finalmente, en la celebración de hoy, en la cual, entrando en las aguas del Jordán, Él se hizo solidario con el hombre, «inclina la cabeza inmaculada frente al Precursor, y bautizado, libera al género humano de la esclavitud, amante de los hombres» (Himno de la Liturgia Bizantina). Viene a ser así consagrado como Siervo «con unción sacerdotal, profética y real, para que los hombres reconozcan en él al Mesías, enviado para traer a los pobres la Buena Nueva (Prefacio de la Misa).
Hoy también es el domingo que da paso al tiempo durante el año, llamado Tiempo Ordinario. El significado de esta fiesta del Bautismo del Señor, es múltiple y variado; ya que, mira no sólo al hecho en sí, sino también a su trascendencia para con nosotros, se centra en lo que tiene de “epifanía” o “manifestación” para nosotros.
Hoy pide la oración colecta de la Misa: «Señor, Dios nuestro, cuyo Hijo asumió la realidad de nuestra carne para manifestársenos, concédenos, te rogamos, poder transformarnos internamente a imagen de aquel que en su humanidad era igual a nosotros».
El bautismo de Jesús, proclamado hoy por san Marcos, es revelación de la condición mesiánica del Siervo del Señor, sobre el que va a reposar el Espíritu Santo (1ra lect.) y que ha sido ungido con vistas a su misión redentora (2ª lect.). Ese Siervo, con su mansedumbre, demostrada en su manera de actuar, es «luz de las naciones» (Is 42, 1-9; 49, 1-9 lectura bíblica del Oficio de Lectura). «Cristo es iluminado, dejémonos iluminar junto a él» -dice San Gregorio Nacianceno, comentando la escena (Lect. patr. del Oficio de lect.).
Pero el bautismo de Cristo, es revelación también de los efectos de nuestro propio bautismo: «Porque en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo bautismo» (prefacio de la Misa). Jesús entró en el agua para santificarla y hacerla santificadora, «y, sin duda, para sepultar en ella a todo el viejo Adán, santificando el Jordán por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua» (San Gregorio Nacianceno, ibid.). Esta consagración es el nuevo nacimiento (Jn 3,5), que nos hace hijos adoptivos de Dios.
¡Cuán grande es nuestro Bautismo! El primero de los sacramentos y el más necesario para la salvación. Por él se renueva en nosotros el misterioso don de la gracia divina, que imprime un sello indeleble en nuestra alma, dando origen a un nuevo nacimiento (regeneración). «Éstos han nacido de Dios, a cuantos le acogieron les ha dado poder para llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12-13).
En nuestro Bautismo, la gracia santificante, que elimina el pecado original, infundió en nosotros las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo, introduciéndonos en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Es el sacramento del cual brotan los demás como de su fuente. Renovemos hoy nuestra fe en el Bautismo.
Amén.

Padre Pedro

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios



Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
En la Octava de la Natividad del Señor

«¡Salve, Madre Santa! Virgen, Madre del Rey, 
que gobierna cielo y tierra por los siglos de los siglos».

Así saluda la Iglesia a Nuestra Señora en la entrada solemne de esta fiesta y pedimos a Dios, Nuestro Señor, “que nos conceda experimentar la intercesión de Aquella de quien hemos recibido a su Hijo Jesucristo, el autor de la vida” –oración colecta.
El hecho mariano está en la entraña misma de la fe cristiana. Es un hecho vinculado irrenunciablemente a la realidad y a la misión personal del Verbo encarnado. Por ello, al coronar la octava de Navidad, la liturgia romana nos presenta hoy el misterio del Emmanuel en su marco más exacto: el regazo maternal de María. La que hizo real la presencia del Hijo de Dios encarnado, Príncipe de la Paz, ha de ser reconocida por todos como la Santa Madre, Reina de la Paz.
De hecho, hoy comenzamos el año nuevo 2012, y la Iglesia siempre comienza el año civil proclamando La Jornada de Oración por la Paz. Este año, el lema del mensaje del Papa Benedicto XVI lo plantea desde una perspectiva educativa: «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz». El Santo Padre está convencido de que los jóvenes, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza. Todos somos responsables y debemos sentirnos comprometidos a saber escuchar y valorar a nuestros jóvenes si queremos construir un futuro de justicia y de paz. Hemos de transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. La Iglesia mira a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y los anima a buscar la verdad, a defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos capaces de ver «cosas nuevas».
Las lecturas de este domingo nos ponen en perspectiva de esa Paz que el mundo necesita. La primera lectura (Nm 6, 22-27) nos dice que el nombre de Dios será invocado sobre los israelitas y Él los bendecirá. La bendición solemne del sacerdote al Pueblo de Israel era un signo de la presencia amorosa de Dios entre los suyos. En la nueva Alianza, esta presencia se nos ha hecho real y personal en Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María. El concepto bíblico de la bendición implica una acción de Dios, que lleva al hombre a la plenitud y a la felicidad. El Señor, bendiciendo al hombre, le concede las condiciones del éxito en vida y en su trabajo. Israel era un pueblo bendito. La Iglesia es también un pueblo bendito. El cristiano, perteneciendo a ese pueblo, debe aparecer como un hombre bendito, un hombre que se ha realizado y que es libre. La Iglesia se lo recueda cuando al fin de la celebración eucarística el sacerdote le da la bendición, tantas veces menospreciada y recibida rutinariamente.
Hoy pedimos la bendición de Dios con el Salmo 66: «El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros…» No podemos olvidar que la mayor bendición que hemos recibido de Dios es que «envió a su Hijo, nacido de una mujer». Por cuanto, el Hijo de Dios se ha hecho hombre por María, todos podemos reconocernos hijos de Dios en el ámbito amoroso de la Maternidad divina de María. San Pablo nos recuerda la filiación mariana de Jesús, y nos invita a vivirla también nosotros en el servicio de Dios, en la acogida de esa Palabra divina y en la fidelidad a la misma (Ga 4, 4-7).
El Evangelio nos dice que los primeros testigos del dato de la Navidad, los pastores, encontraron a María, a José y al Niño. Luego, que a los ocho días, impusieron al niño por nombre Jesús. Desde el primer momento de la encarnación, encontramos realmente a Jesús, nuestra Paz y reconciliación, en María, con María y por la Virgen María.
La entrada de Dios en nuestra historia es como un encuentro entre la miseria de los hombres y la misericordia gloriosa de Dios. Y la Virgen María es un símbolo de la Iglesia. Como ella, la Virgen toma la preciosa sangre sacrificial de Cristo y se la ofrece a Dios sin descanso, todos los días y a todas las horas; se la ofrece por la pibre, por la extraviada y pecadora humanidad, que siempre está en guerra en algún lugar y para quien pide la Paz.
La Iglesia quiere la paz entre los hombres y por eso acude con su plegaria a la Madre del Príncipe de la Paz, para que la otorgue ampliamente a la humanidad. Amén.

Padre Pedro