¡Bienvenidos!



«La gloria de Dios es el hombre viviente, la vida del hombre es la visión de Dios»
(«Gloria Dei vivens homo: vita autem hominis visio Dei»)
San Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 20,7

martes, 12 de junio de 2012

Homilía XI Domingo del Tiempo Ordinario



Ciclo B
Ez 17, 22-24 / Sal 91 / 2 Co 5, 6-10 / Mc 4, 26-34

«El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra»

Después de todas las fiestas litúrgicas de los pasados domingos: Pentecostés, La Trinidad, el Corpus Christi, volvemos a la, no menos importante, normalidad de la solemnidad dominical del tiempo ordinario. El año litúrgico es un camino apasionante por el que celebramos el misterio de Cristo en su Palabra que va iluminando de sentido el hoy de nuestra historia.
Hoy nos propone la liturgia un pasaje del Profeta Ezequiel. A veces es imprescindible conocer la historia de Israel para captar plenamente el sentido de un pasaje. Es el caso de hoy. Sabemos por la historia que hacia el año 597 a.C., el rey de Babilonia, Nabucodonosor, se llevó al rey Joaquín (junto a los notables) cautivo a Babilonia, poniendo como rey vasallo suyo en Judá a Sedecías. Éste, que era hermano de Joaquín juró fidelidad al rey de Babilonia, pero en el año 588 rompió su juramento de fidelidad y pidió auxilio al faraón Ofra. Nabucodonosor reacciona rápidamente y somete por la fuerza a Judá conquistando Jerusalén el año 586. Fue esa la caída del reino del Sur, que llevará al exilio babilónico al resto de Israel.
Dicho esto, podemos comprender el sentido de la primera lectura de hoy. Hoy leemos sólo una parte de la profecía, toda ella es en un lenguaje figurado, se utiliza la imagen de árboles sembrados para afirmarnos la promesa de restauración final por parte de Dios mismo. Sedecías (e Israel) no aceptaron la orientación de la historia que les daba Dios. Confiaron más en los poderes humanos que en la voluntad divina. Los profetas, en nombre de Yahvé, detestan siempre la mala fe, la falta de honradez, de sinceridad.
El último versículo nos invita a trascender del orden puramente temporal, un día el retoño mesiánico plantado por Dios Padre dará verdadero fruto para todo el mundo en la alta montaña del Calvario. Ya san Pablo, nos enseña en la lectura de la epístola de los Corintios que el hombre tiene su verdadera patria en el Señor y ahora en este mundo está desterrado, lo verdaderamente importante es en este mundo es vivir para agradar al Señor, ante quien todos compareceremos para ser juzgados.
Finalmente, el Evangelio de hoy, tomado de san Marcos, nos sitúa frente a la enseñanza de Jesús al comenzar su ministerio público. “Se ha cumplido el plazo: el Reino de Dios ha llegado”; y ampliando el contenido de esa frase por medio de parábolas, nos explica cómo se va cuajando ese Reino de los cielos aquí en la tierra. La primera parábola habla de las etapas de crecimiento de la semilla. La segunda habla de la semilla de mostaza desde su pequeñez hasta llegar a su magnitud como hortaliza, capaz de dar cobijo a los pájaros. Ambas parábolas presentan ciclos completos, totalidades. El Reino de Dios es comparado con una totalidad, simplemente constatada en la primera parábola; exuberante y rica en la segunda.
Las parábolas de hoy señalan el comienzo de un Reino de Dios universal, abierto a todos. El Papa Benedicto XVI, nos enseña en su libro Jesús de Nazaret (vol. I, p. 63-64) que Jesús es el Reino de Dios en persona; que donde El está, está el «Reino de Dios». De modo que cuando pedimos “Venga tu Reino” lo que pedimos es la comunión con Jesucristo, llegar a ser cada vez más «uno» con Él. Dice el Papa: «La vida en este reino es la continuación de la vida de Cristo en los suyos; en el corazón que ya no es alimentado por la fuerza vital de Cristo se acaba el reino»… Rezar por el Reino de Dios significa decir a Jesús: ¡Déjanos ser tuyos, Señor! Empápanos, vive en nosotros; reúne en tu cuerpo a la humanidad dispersa para que en ti todo quede sometido a Dios y Tú puedas entregar el universo al Padre, para que «Dios sea todo para todos» (2 Co 15, 28). Amén.

miércoles, 6 de junio de 2012

Homilía X Domingo del Tiempo Ordinario



SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
Ciclo B
Ex 24,3-8 /Sal115 / Heb 9,11-15 / Mc 14,12-16.22-26

«Oh Dios, que en este Sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu Pasión, concédenos venerar de tal modo los  sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros los frutos de tu redención».

            Con esta hermosa oración comienza la liturgia de esta fiesta, y ella nos introduce en el deseo de venerar el misterio de la fe, manifestado y oculto en la realidad del Sacramento de la Eucaristía. Cada comunión eucarística debería causar en nosotros los frutos y efectos de la redención que Cristo ofreció en el Sacrificio de la Cruz. La Eucaristía es, en efecto, el sacramento del memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección.
         Por el acontecimiento eucarístico, puede gozar la Iglesia entera de una continua presencia viviente de Cristo en medio de su pueblo. Se actualiza sacramentalmente el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor y así podemos participar personalmente de la misma vida divina del Corazón del Hijo de Dios, hecho hombre para hacernos a los hombres hijos de Dios.
         Hoy la Iglesia abre sus templos para manifestar su fe ardiente y su alegría fervorosa por la Presencia Real de Cristo en la Sagrada  Eucaristía. “Sacramento-Presencia”, porque en él se encuentra Cristo presente, quien es fuente de todas las gracias. “Sacramento-Sacrificio”, porque en él se actualiza el sacrificio de Cristo en la Cruz, es memorial de su pasión, muerte y resurrección. “Sacramento-Comunión”, porque es la unión íntima con Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre y, por ende, de su vida divina.
En la Eucaristía se actualiza, ante todo, el sacrificio de Cristo. Jesús está realmente presente bajo las especies del pan y del vino, como él mismo nos asegura: «Esto es mi cuerpo... Esta es mi sangre» (Mt 26, 26. 28). Pero el Cristo presente en la Eucaristía es el Cristo ya glorificado, que en el Viernes santo se ofreció a sí mismo en la cruz. Es lo que subrayan las palabras que pronunció sobre el cáliz del vino: "Esta es mi sangre de la Alianza, derramada por muchos" (Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22, 20).
Al analizar estas palabras, a la luz de la tradición bíblica, descubrimos dos referencias significativas: la primera es la expresión "sangre derramada", que, en Génesis 9, 6 es sinónimo de muerte violenta. Y la segunda consiste en la precisión "por muchos", que alude a los destinatarios de esa sangre derramada. Esta alusión nos remite a un texto fundamental de la Escritura, el cuarto canto de Isaías: con su sacrificio, "entregándose a la muerte", el Siervo del Señor "llevó el pecado de muchos" (Is 53, 12; Hb 9, 28; 1 P 2, 24).
Esa misma dimensión sacrificial y redentora de la Eucaristía se halla expresada en las palabras de Jesús sobre el pan en la última Cena, tal como las refiere la tradición de san Lucas y san Pablo: «Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros» (Lc 22, 19; 1 Co 11, 24). Aludiendo también al texto de Isaías: «Se entregó a la muerte (...), llevó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores» (Is 53, 12). En ella se cumple la alianza celebrada en el Sinaí cuando Moisés derramó la mitad de la sangre de las víctimas sacrificiales sobre el altar, símbolo de Dios, y la otra mitad sobre la asamblea de los hijos de Israel (Ex 24, 5-8).
Finalmente, afirmamos con la iglesia nuestra fe en la Eucaristía: "El sacrificio eucarístico es la fuente y la cima de todo el culto de la Iglesia y de toda la vida cristiana. En este sacrificio de acción de gracias, de propiciación, de impetración y de alabanza los fieles participan con mayor plenitud cuando no sólo ofrecen al Padre con todo su corazón, en unión con el sacerdote, la sagrada víctima y, en ella, se ofrecen a sí mismos, sino que también reciben la misma víctima en el sacramento" (Sagrada Congregación de Ritos, Eucharisticum Mysterium, 3). Amén.