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«La gloria de Dios es el hombre viviente, la vida del hombre es la visión de Dios»
(«Gloria Dei vivens homo: vita autem hominis visio Dei»)
San Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 20,7

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Homilía XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C

«Lucha en el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste tan admirable profesión ante numerosos testigos».
I- Tim 6, 11-16

Ya el domingo pasado escuchamos algo del profeta Amós. Amós no fue profeta por tradición familiar, sino que el Señor irrumpió en su vida enviándole a predicar; es más, siendo del reino del sur, es enviado al reino del norte. El profeta se convierte en el portavoz de Dios ante la conciencia de los hombres. Precisamente es en el reino del Norte donde se gozó de un bienestar material, que hizo que los potentados y ricos disfrutaran, mientras los pobres y desvalidos eran oprimidos cada vez más por los dirigentes. De ahí que la predicación de Amós va a abarcar dos temas fundamentales: uno es la defensa de los pobres y desvalidos frente a la injusticia y opresión de los poderosos y ricos; y por otro lado, la necesidad de que el culto y los ritos exteriores muevan a la conversión del corazón y a un cambio de conducta. Las ceremonias litúrgicas no deben ser una tapadera para justificar los abusos de los que poseen poder.
¿De qué vale un rito externo cargado de fórmulas de autosuficiencia, pero vacío de contenido? Sería un culto pervertido, vano e irrespetuoso. De qué sirven las prácticas religiosas, si se convierten en un conjunto de ritos y festividades ostentosas, pero huecas y separadas de la interioridad de las conciencias y de la rectitud de una conducta moral? Sería un disfraz.
Amós tuvo que corregir de raíz la visión humana que tenían muchos de sus contemporáneos. La gente creía que con la mera práctica de unos ritos cultuales era suficiente para contentar y aplacar a Dios. Como si Dios fuera un baal. Amós va a poner en evidencia que la verdadera religión, tiene que traducirse necesaria e inmediatamente en la práctica de la justicia con los semejantes; si no, no es verdadera religión.
Dios no está ligado a bendecirme porque yo sea católico o porque “vaya a Misa”, sino todo lo contrario, soy yo quien principalmente estoy ligado –obligado– para con Él. Porque Él es mi Dios. La misión de Amós es profética y por eso viene acompañada de unas advertencias. Si Israel no cambia de conducta, si no se corrige, el juicio del Señor será severo, el castigo inexorable. Vendrá el “día del Señor”, día terrible, día de tinieblas y oscuridad.
El eco de las palabras de Amós es lo que oímos hoy resonar con la parábola del rico insensato, que nos propone el Evangelio (Lc 16, 19-31). Aquel rico se propuso una vida cómoda y tranquila, de espaldas al pobre. No será Dios quien te condene, sino tus propios hechos quienes lo harán. En la medida que no dejaste que la religión permeara tus entrañas con misericordia, con justicia, convirtiéndote más y más a aquel que te creó a su imagen y semejanza.
No fue condenado el rico porque tuviera riquezas, o porque vistiera de púrpura y lino o porque celebrara cada día espléndidos banquetes; sino que fue condenado porque no ayudó al otro hombre, porque ni siquiera cayó en la cuenta de que existiera Lázaro, la persona que se sentaba a su portal y ansiaba las migajas de su mesa.
Las riquezas y la libertad entrañan responsabilidades especiales, crean una obligación especial, nos hacen solidario con el destino de los demás. Después de esta vida no hay cabida para el arrepentimiento, no hay lugar para la penitencia. Por eso decía Cristo que Abraham le decía al rico Epulón: «Entre vosotros y nosotros se abre un gran abismo» (v. 26). O sea, que después de la muerte, ni los impíos se arrepentirán y entrarán en el Reino, ni los justos pecarán y bajarán al infierno. Este es el tiempo de la misericordia, de la salvación. ¿Hasta qué punto mi religión es fuente de salvación? Sólo en la medida que ella me lleva a un cambio de conducta, de corazón, me convierte en un ser más misericordioso y responsable ante las necesidades de los demás?
Hoy se habla mucho de pluralidad de religiones. De que todas las religiones son iguales, después de que te hablen de Dios. Hoy por hoy, hay muchas ofertas de paz y sosiego para una vida exitosa. Hay Maestros espirituales para todos los gustos (Dada J.P. Vaswani; Muñeca Geigel, Dalai Lama, Deepak Chopra, Paulo Cohelo, etc.).  Parece que vivimos una época de “eclecticismo religioso”, cada uno coge lo que más le gusta de cada religión. Se me induce a la idea de que las religiones del mundo son complementarias de la Revelación cristiana. Por otro lado se habla mucho de dialogo interreligioso, pretendiendo sustituir la misión y la urgencia del llamado a la conversión.
El dialogo no es ya el camino para descubrir la verdad, vivimos como una especie de relativismo religioso. El dogma se ha relativizado, todo lo contrario a la misión y a la conversión.
¿Para qué se tiene que convertir alguien a Jesucristo si lo importante es que cada cual busque a Dios a su manera? Según el pensamiento relativista, dialogo significa poner en el mismo plano la propia posición o la propia fe y las convicciones de los demás, de tal manera que todo se reduce a un intercambio de posiciones de tesis fundamentalmente iguales y en consecuencia, relativas entre sí, con la finalidad de lograr el máximo de colaboración y de integración entre las diversas concepciones religiosas.
Se ha disfuminado a Cristo. La figura de Cristo ha perdido su carácter de unicidad y universalidad salvífica. El relativismo se quiere presentar como el encuentro con las culturas, esa es la verdadera filosofía de la Humanidad capaz de garantizar la tolerancia y la democracia, que busca como fondo marginar la defensa de la identidad cristiana, que pretende difundir la Verdad Universal y Salvífica de Jesucristo.
                El principio de tolerancia, como expresión de respeto a la libertad de conciencia, de pensamiento y de religión del que habló el Concilio Vaticano II  que defiende la Iglesia, es una posición ética fundamental que presenta la esencia misma del credo como un acto serio de libertad ante la fe que se asume. No podemos perder de vista que existe una Verdad Objetiva y Universal, que es Dios. Dijo el Papa Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris Missio (n.29): «Todo lo que el Espíritu opera en el corazón de los hombres y en los pueblos, en las culturas y en las religiones, asume el papel de preparación evangélica».
Por lo tanto, hay que considerar como preparación evangélica no todo lo que se encuentra en las religiones, sino solamente “cuanto el Espíritu opera en ellas”. Las religiones están adheridas a la historia y a la cultura de los pueblos, donde se da una mezcolanza entre el bien y el mal, por lo tanto, el bien puede estar presente en las religiones, como obra del Espíritu de Cristo, y en ese sentido esa religión puede ser camino hacia la salvación, pero no es la religión en cuanto tal lo que es camino de salvación sino el bien como obra del espíritu de Cristo.
Nostra aetate, n. 2: «...se debe valorar y reconocer cuanto hay de bueno y verdadero en las religiones, el bien y la verdad, se encuentren donde se encuentren provienen del Padre y son obra del Espíritu. Las semillas del Logos están sembradas por todas partes, pero no se puede cerrar los ojos sobre los errores y engaños que también están presentes en las religiones» Dice el Vaticano II, en Lumen gentium, n. 16: «...muy a menudo los hombres, engañados por el Maligno, se pierden en sus pensamientos, y han cambiado la verdad divina por la mentira, sirviendo a la criatura antes que al Creador».
                La Iglesia anuncia y está obligada a anunciar, incesantemente, a Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida, en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en el cual Dios ha reconciliado consigo todas las cosas. La plenitud, la universalidad y el cumplimiento de la revelación de Dios están presentes solamente en la fe cristiana. Y esta afirmación no procede por resultados históricos, o porque sean hoy más los cristianos que los de otra religión, sino que esta afirmación procede y se basa en el misterio de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, presente en la Iglesia, su Cuerpo y su Esposa.
Por eso, la Iglesia se siente hoy comprometida en la evangelización de los pueblos, incluso en el contexto actual de pluralidad de las religiones y precisamente consciente de la exigencia de la libertad de decisión y de pensamiento de los pueblos, la Iglesia se siente llamada a salvar y renovar a toda criatura, para que todas la cosas sean recapituladas en Cristo.
O sea, por lindas que hayan podido ser las cosas que Buda dejó escrita, un cristiano no tiene nada que buscar en el Budismo, porque donde terminó Buda de escribir, empieza un San Juan de la Cruz, una Santa Teresa de Jesús, uno de nuestros miles de santos canonizados a expresar lo que es la verdadera vida en el espíritu. Tanta novedad por conocer cosas no cristianas y en el fondo es la superficialidad de quien no conoce la riqueza espiritual de nuestra fe católica vivida en tantos santos que nos han dejado un verdadero ejemplo de lo que es vivir la plenitud de la vida espiritual en Cristo Jesús.
Hoy, san Pablo nos dejaba una consigna en la segunda lectura para que nuestra religión surta el efecto que debe en nosotros: «Lucha en el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste tan admirable profesión ante numerosos testigos». De eso se trata, hacer profesión de nuestra fe en Jesucristo sin miedos, ni complejos, ante ninguna otra religión. Sé en quién me he fiado, en el Hijo de Dios, a Él todo honor y poder para siempre.

Amén.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Homilía XXV Domingo del Tiempo Ordinario


Ciclo C
Amós 8,4-7 / Sal 112,1-8 / 1-Timoteo 2,1-8 / Lc 16, 1-13

«Ningún siervo puede servir a dos amos: No podéis servir a Dios y al dinero».

                Sería un pobre servicio a la causa del Evangelio, pensar que la liturgia de este domingo es un tratado de economía o administración de empresas. De alguna manera, Jesús quiere enseñarnos a hacer un uso inteligente del dinero. Para lograrlo, nos pone el ejemplo de un administrador inescrupuloso, inicuo y “aprovecha’o” –diríamos nosotros. Jesús le llama “astuto”, sagaz. Este ha hecho lo que debía hacer para lograr lo que se traía entre manos, lograr sus objetivos personales. “Los hijos de este mundo, son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.
Ante semejantes palabras de Jesús, tendríamos que preguntarnos qué estamos haciendo los “hijos de la luz” para tener éxito desde la perspectiva del reino de Dios. ¿Qué debemos hacer con nuestro dinero para tener ese éxito; es decir, para encontrar quien nos "reciba en las moradas eternas"?
A Jesús, no podemos malinterpretarlo. Él no está exaltando ni justificando el “lavatón” de dinero del administrador inicuo. Tampoco nos está diciendo que el astuto e inteligente es aquel que meramente sabe acumular dinero. Todo lo contrario, quien tiene por amo al dinero, es un necio y realmente se envilece.
¿Quiénes son los “astutos” según Dios? Los que saben poner todos sus bienes al servicio de Dios, del Reino de Dios. Hay que administrar al servicio de Dios el “vil dinero”, hay que ser fiel al servicio de Dios en “lo menudo”. El modelo de buen cristiano será el que se las juega todas por el reino de Dios. El que pone todo lo que tiene al servicio de los intereses de Dios.
En medio de la crisis económica que vivimos y ante los retos de una economía globalizada, los textos bíblicos de este domingo XXV del tiempo ordinario encuentran mucha resonancia y actualidad, pues lo económico nos afecta a todos. Vivimos en una sociedad en donde la abundancia, el consumo, el desperdicio es la orden del día. A la vez que aumenta la producción tecnológica y el costo de la vida, sin embargo, también aumentan las estadísticas del desempleo y decrece el poder adquisitivo de muchos.
Amós, profeta incisivo, condena a los ricos comerciantes de su tiempo que pensaban sólo en enriquecerse a causa de los pobres, explotándolos. La falta de ética en el comercio llevaba a engañar al pobre, vendiendo fraudulentamente como bueno lo malo. El Señor no olvidará esas malas acciones.
El Evangelio nos viene a iluminar en el verdadero sentido de la justicia, ya que la parábola del administrador injusto nos viene a decir que hay un Bien mayor a los restantes bienes de la vida. La enseñanza de Jesús es clara, el problema económico no es el primer problema del hombre, pues el servicio de Dios está por encima de los otros servicios. El dinero puede ser un buen servidor, pero es un mal patrón. “No se puede servir a Dios y al dinero”.
El elogio de Jesús sobre el administrador recae sobre su capacidad de renuncia en vistas a un beneficio futuro: un nuevo puesto de trabajo. Con esta lectura, aparece más clara la aplicación a los hijos de la luz: ante las exigencias del Reino hay que actuar también con astucia, sabiendo renunciar a las cosas materiales a fin de conseguir unos bienes muchísimo mayores. En el recto entendimiento de la parábola, se entiende que el administrador no defrauda a su amo; lo único que hace es renunciar a lo que legalmente le corresponde como administrador; renuncia a lo que es suyo para ganarse amigos que, en justa compensación, le ayuden cuando él se encuentre en necesidad económica tras el despido. Es esta actitud previsora de cara al futuro lo que el amo alaba de su administrador. Aquí, está la clave de la parábola. De esta clave, parte Jesús para su enseñanza. Él pide a sus discípulos la misma actitud: renunciar al dinero para granjearse la amistad con Dios.
El dinero es la prueba de fuego del cristiano. Si la supera, Dios se le entregará plenamente.  Amén.