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«La gloria de Dios es el hombre viviente, la vida del hombre es la visión de Dios»
(«Gloria Dei vivens homo: vita autem hominis visio Dei»)
San Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 20,7

martes, 3 de agosto de 2010

Homilía XIX Domingo del Tiempo Ordinario


«Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón» - Lc 12, 34

Continúa el Señor hoy dándonos una verdadera enseñanza acerca de las riquezas y el uso de los bienes del mundo. Después de habernos enseñado a orar con el Padre nuestro, en donde aprendemos a pedir y confiar que cada día nos llega el pan a nuestra mesa por la Providencia divina, y haber visto el esfuerzo vano de aquel que atesoraba riquezas para sí y no para Dios, hoy el Evangelio nos dice la clave de todo: «Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón».
Cada uno de nosotros pone sus afectos, sus ilusiones, sus impulsos más hondos, en lo que considera su bien más preciado: ése es “nuestro tesoro”. Por eso, frente a aquel necio que siendo rico insensato, atesoró en vano, Jesús nos invita a atesorar en el Cielo: «Haceos talegas (bolsas) que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla» (v.33). Curiosamente, eso nos decía San Pablo la semana pasada con aquello de la Carta a los Colosenses: «aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra» (Col 3, 1).
Hoy insiste la Iglesia, a través de estas lecturas, de que los cristianos deben poner las ilusiones y las preocupaciones no en los bienes de la subsistencia, comida, vestido, salud, etc., sino en alcanzar el Reino de Dios. Así nos lo enseña el magisterio de la Iglesia: «Todos los cristianos, por tanto, están llamados y obligados a tender a la santidad y a la perfección de su propio estado de vida. Todos, pues, han de intentar orientar  rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto» (Lumen gentium, n.42).
Por eso hay que estar vigilantes: «Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo» (v.36). Velar sobre nosotros mismos, porque el enemigo está siempre al acecho, por una parte, y velar sobre nosotros mismos, porque el que ama nunca duerme (Cantar 5, 2). ¿Quién puede decir que está en espíritu de vigilancia si no ora, y quién puede decir que vela si no busca fortalecer su fe?
Jesús invita a la vigilancia con dos imágenes: la cintura ceñida y la lámpara encendida. Los judíos se ceñían a la cintura para realizar algunos trabajos, para viajar, etc., por lo que “tener las cinturas ceñidas” indica un gesto de disponibilidad y de rechazo a cualquier relajamiento. A eso vamos a la oración: a ponernos en mayor disponibilidad para hacer la voluntad de Dios, a ponernos en camino a buscar los bienes de allá arriba. Por otro lado, “tener encendidas las lámparas” indica la actitud propia de quien vigila o espera la venida de alguien. La lámpara se mantiene encendida por la fe.
Al igual que al pueblo Hebreo, en la Noche de la huída de Egipto, Dios les puso sobre aviso de lo que les esperaba: «La noche de la liberación se les anunció de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo al conocer con certeza la promesa de que se fiaban» (Sab 18, 6); de igual manera, hoy Jesús nos anuncia de antemano que es necesario estar en oración y fortalecer la fe, para alcanzar la vida eterna: ceñida la cintura y encendida la lámpara.
La liturgia nos está dando la oportunidad de considerar que nuestra vida en la tierra es esperar, y la fe es la que guía nuestros pasos, precisamente en la certeza de las cosas que esperamos, (Hebreos 11, 1-2): «La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve.» La fe nos da a conocer con certeza dos verdades fundamentales de la existencia humana: que estamos destinados al Cielo y, por eso, todo lo demás ha de ordenarse y subordinarse a este fin supremo; y que el Señor quiere ayudarnos, con abundancia de medios, a conseguirlo.
Cuando el Señor venga al fin de la vida, nos debe encontrar así, preparados: en estado de vigilia, como quienes viven al día; sirviendo por amor y empeñados en mejorar las realidades terrenas, pero sin perder el sentido sobrenatural de la vida; valorando debidamente las cosas terrenas -la profesión, los negocios, el descanso...-, sin olvidar que nada de esto tiene un valor absoluto, y que debe servirnos para amar más a Dios, para ganarnos el Cielo y servir a los hombres; haciendo un mundo más justo, más humano, más cristiano. Amén.

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