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«La gloria de Dios es el hombre viviente, la vida del hombre es la visión de Dios»
(«Gloria Dei vivens homo: vita autem hominis visio Dei»)
San Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 20,7

miércoles, 16 de marzo de 2011

Homilía II Domingo de Cuaresma


Ciclo A

Gn 12, 1-4 / Sal 32 / 2 Tm 1, 8-10 /Mt 17, 1-9

«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Mt 17, 5

En este segundo domingo de Cuaresma, el Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. Siguiendo el esquema que nos propone el Santo Padre Benedicto XVI en su Mensaje de Cuaresma 2011, tú y yo, como miembros del nuevo pueblo de la alianza, como comunidad cristiana, viviendo la fe en una parroquia, tomamos conciencia de que somos llevados, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios. La voz del Padre Eterno: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5), resuena en nuestro oído, como quien es invitado a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios. Dios quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro corazón, donde se discierne el bien y el mal y se fortalece la voluntad de seguir al Señor.

Hoy, prosiguiendo el camino penitencial, la liturgia, después de habernos presentado el domingo pasado el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a reflexionar sobre el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración en el monte. Considerados juntos, ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección.

Por una parte, vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación; por otra, lo contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad. De este modo, podríamos decir que estos dos domingos son como dos pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua, más aún, toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en el dinamismo pascual: de la muerte a la vida.

El monte —tanto el Tabor como el Sinaí— es el lugar de la cercanía con Dios. Es el espacio elevado, con respecto a la existencia diaria, donde se respira el aire puro de la creación. Es el lugar de la oración, donde se está en la presencia del Señor, como Moisés y Elías, que aparecen junto a Jesús transfigurado y hablan con él del "éxodo" que le espera en Jerusalén, es decir, de su Pascua. De alguna manera esta escena evoca la voz que escuchó Abraham en el Antiguo Testamento: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré» (Gn 12, 1).

La Transfiguración es un acontecimiento de oración: orando, Jesús se sumerge en Dios, se une íntimamente a él, se adhiere con su voluntad humana a la voluntad de amor del Padre, y así la luz lo invade y aparece visiblemente la verdad de su ser: él es Dios, Luz de Luz. También el vestido de Jesús se vuelve blanco y resplandeciente. Esto nos hace pensar en el Bautismo, en el vestido blanco que llevan los neófitos. Quien renace en el Bautismo es revestido de luz, anticipando la existencia celestial, que el Apocalipsis representa con el símbolo de las vestiduras blancas (Ap 7, 9. 13).

Aquí está el punto crucial: la Transfiguración es anticipación de la resurrección, pero ésta presupone la muerte. Jesús manifiesta su gloria a los Apóstoles, a fin de que tengan la fuerza para afrontar el escándalo de la cruz y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al reino de Dios. La voz del Padre, que resuena desde lo alto, proclama que Jesús es su Hijo predilecto, como en el bautismo en el Jordán, añadiendo: "Escuchadlo" (Mt 17, 5). Para entrar en la vida eterna es necesario escuchar a Jesús, seguirlo por el camino de la cruz, llevando en el corazón, como él, la esperanza de la resurrección. Si bien somos “Spe salvi”, ¡Salvados en esperanza!, hoy podemos decir: "Somos transfigurados en esperanza". Amén.

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